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10 ago 2011

Un punto azul pálido

Un punto azul pálido es una fotografía de la Tierra tomada por la nave espacial Voyager 1 a una distancia de 6.000 millones de kilómetros.


Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es casa. Eso es nosotros. En él se encuentra todo aquel que amas, todo aquel que conoces, todo aquel del que has oído hablar, cada ser humano que existió, vivió sus vidas. La suma de nuestra alegría y sufrimiento, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de la civilización, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada esperanzado niño, inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de luz del sol.

La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades visitadas por los habitantes de una esquina de ese pixel para los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina; lo frecuente de sus incomprensiones, lo ávidos de matarse unos a otros, lo ferviente de su odio. Nuestras posturas, nuestra imaginada auto-importancia, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, son desafiadas por este punto de luz pálida.

Nuestro planeta es una mota solitaria de luz en la gran envolvente oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad, en toda esta vastedad, no hay ni un indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos.

Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad y construcción de carácter. Quizá no hay mejor demostración de la tontería de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amablemente, y de preservar el pálido punto azul, el único hogar que jamás hemos conocido.



"Comentarios de Carl Sagan sobre esa histórica foto, que aparecen como colofón de la serie Cosmos"

14 jul 2011

Elogio del desequilibrio por Francisco José Ortiz (Articulo en la revista el Malpensante)


"Al contrario de lo que suponen las teologías perezosas, la energía de la vida proviene del desequilibrio, la creatividad del error, el arte del caos. En términos evolutivos la cucaracha es más perfecta que el hombre"


Nunca he confiado en los ascetas, monjes, anacoretas, místicos o cualquiera que se recluya por fuera de este mundo a intentar la perfección, la iluminación, la santidad. Hay algo sospechoso en sus maneras, en su velocidad; sus atuendos denotan cierta tranquilidad parecida a la indiferencia. No sé si por las mismas razones nunca he podido imaginar a un Dios inmortal y perfecto. ¿Acaso una eternidad impoluta no equivale a un aburrimiento interminable? Al saberse inmortal, ¿no se convirtió Homero en troglodita?
Más allá de estas cuestiones metafísicas, valdría la pena preguntarse cuáles han sido las secuelas culturales e ideológicas producidas por la concepción de una divinidad perfecta que es capaz de producir un mundo imperfecto.
¿Tendrá esto algo que ver con la esquizofrenia y la hipocresía que proliferan en nuestras sociedades? Me viene a la memoria una frase de Schiller: “Cuando los dioses eran más humanos, los humanos eran más divinos”.
 
Enfrentados al aburrimiento de Dios, cabe preguntarnos si podríamos hacer una “antología” o “elogio del error”, una reivindicación de los segundos y terceros lugares, un triunfo del desequilibrio.
 
El problema no es que la perfección sea inalcanzable —es posible lograr una “perfección formal”. Ejemplo de esto son teoremas matemáticos, enunciados lógicos, sonatas para piano, algunas manifestaciones de las artes plásticas y literarias: todos ellos universos que perduran por su forma, por su técnica, por su belleza, no por lo que nos puedan enseñar sobre la realidad.
 
Dice Bertrand Russell que el escepticismo es el único sistema filosóficamente perfecto, el único que, en vez de intentar una explicación del universo, exhibe argumentos sobre la imposibilidad de conocer, o al menos sobre la imposibilidad de un conocimiento no subjetivo de la realidad. Bástenos citar a Kant: “No es posible conocer la cosa en sí, sólo la cosa para mí”. Dicho esto, ninguna afirmación sobre la realidad puede formularse sin caer en un error. El conocimiento, lo que llamamos conocimiento, sólo puede existir en el error. Un error que vale la pena cometer.
 
La educación debería estar menos enfocada en transmitir conocimientos rígidos, modelos que funcionan en condiciones ideales, propiedades algebraicas, versiones estereotipadas de la historia, y en vez de eso debería ayudarnos a desarrollar una actitud crítica, a estimular la imaginación y la intuición, debería mostrarnos lo infinitamente compleja que es cualquier realidad humana, cualquier sociedad, cualquier organización.
 
En sus Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke recomienda buscar siempre lo más difícil, “porque ahí se encuentra todo lo viviente”. El arte nunca nace de la plenitud, nace, en cambio, de una cierta tensión del vacío y como una forma de resolver esa tensión, no anulándola, sino ofreciéndole un cuerpo y un alma, que es el objeto artístico.
 
Incluso podríamos decir lo mismo de la historia: es sobre todo en los períodos de guerra cuando se producen saltos en el desarrollo tecnológico y en la evolución social de las naciones.
 
El movimiento nace del desequilibrio. La vida nace del desequilibrio, de la diferencia de potenciales químicos, eléctricos, gravitatorios. La supuesta “muerte térmica” del universo ocurre cuando toda la energía se encuentra en un equilibrio inmóvil, tibio y eterno.
 
Una amiga cristiana se declaró antidarwiniana cuando le dije que nosotros éramos producto de un error genético. Las cucarachas son animales primitivos porque están tan bien diseñadas, son tan adaptables, que nunca tuvieron que evolucionar. El error es la quintaesencia del universo. La inteligencia sólo puede desarrollarse en la dificultad. Es así como nosotros nos definimos sobre todo por nuestras carencias y necesidades, por lo que no tenemos, por lo que no podemos alcanzar: “El hombre no se enamora de lo que ve, sino de lo que sueña”.
 
Por eso durante algunas tardes, cuando la ciudad, por unos segundos, parece intentar una siesta, imagino a un Dios equivocado e impotente, abatido por el destino de esta humanidad. Yo me recuesto en silencio, y me siento capaz de perdonarlo. Sólo un mundo disparatado produce vanguardias, teorías filosóficas, jóvenes idealistas, soñadores sin tregua. Si bien aceptar el mundo tal y como es resulta una proposición inmoral, lo cierto es que la vida en un paraíso terrenal equivaldría a una felicidad animal: inconsciente y vacua.